*Este artículo fue publicado originalmente en nuestro Newsletter – Boletín Armatec en LinkedIn
En Chile hay más celulares que personas. Según datos de Subtel actualizados a septiembre de 2024, tenemos 29,8 millones de conexiones móviles activas para 18,5 millones de habitantes. Eso significa que cada chileno anda con 1,6 líneas funcionando al mismo tiempo. Probablemente tú tienes al menos dos ahora mismo.
Cada videollamada, cada transferencia bancaria, cada mensaje que mandas depende de algo que casi nadie ve pero que todos usamos todo el día. Más de 20.000 antenas distribuidas desde Arica hasta Punta Arenas, montadas sobre estructuras que tienen que aguantar viento patagónico, lluvia del sur, sismos que no avisan y la carga técnica de una red que simplemente no puede fallar.
Pero acá va algo que nadie está preguntando en voz alta. ¿Cuántas de esas estructuras fueron montadas con el estándar correcto?
No lo sé. Y eso me preocupa más de lo que debería.
Porque llevo 20 años en la industria viendo de todo. Torres impecables montadas por equipos que priorizan método por sobre cronograma. Y también he visto estructuras que funcionan hoy pero que si las miras con ojo técnico te preguntas cómo siguen en pie. Andamios que no deberían estar ahí. Montajes que se hicieron rápido porque el cliente apuraba, pero que nadie volvió a revisar en cinco años.
Y lo peor no es que existan. Lo peor es que las damos por sentadas hasta que algo falla.
El blackout de febrero y la pregunta que quedó en el aire
El 25 de febrero de 2025, Chile vivió el apagón eléctrico más grande de su historia. 19 millones de personas sin luz durante más de siete horas. El origen fue una falla en una línea de transmisión entre Vallenar y Coquimbo. Seguro te acuerdas porque fue caótico. Metro de Santiago completamente detenido, semáforos apagados en todo el país, el Festival de Viña suspendido, y un montón de gente atrapada en ascensores o tratando de volver a casa a oscuras.
Pero acá va algo en lo que poca gente se detuvo a pensar. ¿Qué pasó con las torres de telecomunicaciones durante ese apagón?
Según la Ley de Telecomunicaciones, los operadores están obligados a tener sistemas de backup de cuatro horas. Baterías, generadores, todo el sistema de respaldo que permite que la red siga funcionando aunque se caiga la electricidad. El problema es que a las 19:00 de ese día, esos backups empezaron a agotarse. Y ahí las redes celulares comenzaron a caer. Voz, SMS, datos. Todo intermitente o directamente fuera de servicio.
En ese momento no solo perdiste señal en tu celular. Los hospitales perdieron sistemas de telemedicina. Las comisarías perdieron comunicación para coordinar emergencias. Las ambulancias tuvieron que operar sin conectividad estable. Y miles de personas en zonas rurales quedaron completamente aisladas, porque para ellos internet no es un lujo, es la única forma de existir conectados con el resto del país.
Ahora viene la parte que me interesa. ¿Y qué tiene que ver esto con las torres?
Esos sistemas de backup de cuatro horas dependen de baterías y generadores que están físicamente instalados en cada torre. Y esas instalaciones tienen que estar bien hechas. Bien hechas de verdad, no «funcionan por ahora». Porque si un generador no arranca porque el montaje eléctrico auxiliar está mal ejecutado, o si las baterías no aguantan porque la estructura no tiene ventilación adecuada, todo ese backup no sirve de nada.
Nadie habló de eso después del apagón. Todos hablaron de la falla eléctrica original, del plan de recuperación del Coordinador Eléctrico Nacional, de las compensaciones que tendrían que pagar las empresas responsables. Perfecto, todo eso es importante. Pero nadie preguntó cuántas torres tienen esos sistemas de backup instalados correctamente. Cuántas fueron auditadas en los últimos tres años. Cuántas pasarían una revisión técnica rigurosa si alguien decidiera hacerla hoy.
Y esa pregunta me parece tan importante como las otras.

El incendio de Hong Kong
Hace pocos días, el 27 de noviembre, Hong Kong vivió el peor incendio de su historia moderna. Un complejo residencial en remodelación en la urbanización Wang Fuk Court, en el distrito de Tai Po, ardió durante horas. Al cierre de esta edición, hay 146 personas muertas confirmadas, 79 heridos y alrededor de 100 desaparecidos.
Lo que convirtió un incendio controlable en una tragedia de esta magnitud fueron los andamios de bambú que cubrían el edificio. No colapsaron. Hicieron algo peor. Actuaron como un conducto vertical perfecto para el fuego, saltando de piso en piso en minutos.
Esas estructuras de bambú llevan décadas siendo parte esencial de la construcción en Asia. Baratas, rápidas, aparentemente efectivas. Nadie las cuestionaba porque «siempre se han usado así». Hasta el 27 de noviembre.
Esta tragedia me llevó a pensar ¿Por qué Hong Kong sigue usando bambú? Y al respecto escribí un artículo titulado La tragedia de Hong Kong, el bambú y la pregunta que la industria debe responder.
Lo importante es no olvidar que hay infraestructura que funciona hoy, que lleva años operando sin problemas visibles, pero que nadie audita hasta que falla. Y cuando falla en el momento crítico, las consecuencias pueden ser devastadoras.
La pregunta que tenemos que hacernos como industria es la misma que Hong Kong se está haciendo ahora con 146 muertos y 100 desaparecidos. ¿Cuánto tiempo más vamos a confiar en que algo funciona solo porque «siempre se ha hecho así»?
“Te puedes caer de una torre. Pero nunca de un andamio Armatec”
Esa frase suena dura, pero es la verdad que marcó mi carrera profesional. Y tiene una historia que no parte en un escritorio, sino en una escena que nunca se me borró.
Hace casi 20 años yo no era empresario ni tenía un plan maestro. Era dibujante proyectista, esa era mi formación técnica. Y desde ahí salté a telecomunicaciones porque necesitaba trabajar. Terminé siendo uno de los cabros que se subía a las torres con lo mínimo: una cámara fotográfica, una brújula, lápiz, papel, un cinturón y la cola, que era tu cuerda de seguridad. Así operábamos. Esa era la realidad.
Aún recuerdo la primera vez que me tocó subir una antena para hacer un site survey. Llevaba dos semanas cuando me mandaron a terreno. «Sube, mide y me avisas». Ese fue el instructivo. Y también la prueba de fuego para saber si eras apto para el trabajo: básicamente, si tenías miedo de subirte a la torre o no.
Los que han trepado una torre saben que la primera vez nunca se olvida. A los 20 metros ya sentía los brazos temblar, el viento empujando, y esa mezcla rara entre concentración y miedo. Y todos sabíamos algo que nadie decía en voz alta: en telecomunicaciones sólo tienes una posibilidad de caer. Y si caes, no vuelves.
A los 22 metros entendí lo absurdo del sistema: para descansar —porque todavía faltaban casi 10 metros más— había que soltar una mano, pasar por detrás de la escalera y volver a engancharse. Hoy sería inadmisible, pero hace 18 años era el estándar. Ese era nuestro «método».

Por eso, cuando un técnico cayó desde un andamio convencional tiempo después, no lo viví como una noticia. Lo viví como un recordatorio brutal de lo frágil que era todo. Podría haber sido cualquiera de nosotros. Podría haber sido yo.
Esa muerte paralizó las obras y dejó un silencio incómodo en todos los equipos. Y en medio de eso, me pidieron buscar una alternativa. Una forma distinta de trabajar en altura para que algo así no volviera a ocurrir.
El problema era que no existía ninguna solución en el mercado. No había sistemas seguros diseñados para telecomunicaciones. No había certificaciones. No había estándares. Nada.
Y ahí pasó algo que nunca imaginé.
Una noche, viendo televisión para despejar la cabeza, apareció La Granja, un reality show de la época. En una de las pruebas, vi a los participantes sentados sobre unas graderías modulares. La estructura me llamó la atención al tiro. Era estable, modular, firme, y tenía la lógica que yo venía buscando sin encontrar. No era minería. No era telecomunicaciones. Era un andamio multidireccional usado como gradería. Y ahí se me encendió la ampolleta: si esa estructura aguantaba a decenas de personas moviéndose, gritando, saltando… ¿por qué no adaptarla para que un técnico subiera y bajara con seguridad en una torre?
A partir de esa imagen empecé a trabajar. Con lo que sabía como dibujante proyectista, con cálculo estructural aprendido a pulso y con la urgencia de evitar otra muerte, armé el primer diseño. Hice el cálculo estructural, armé la empresa en tiempo récord, le puse un nombre que sonara técnico (Armatec, porque Armacom no me convencía), y monté el primer andamio multidireccional con escalera interna para telecomunicaciones en Chile.
Todo fue rápido, casi improvisado, dictado por la urgencia de una industria que no podía seguir perdiendo gente.
La clave fue incorporar una escalera interna. Parecía obvio, pero en ese momento nadie lo hacía. Y esa decisión cambió todo.
No sabía en ese momento que estaba creando un método. Solo sabía que lo que existía no servía. Pero esa escalera interna —ese detalle que agregué porque me parecía obvio que la gente necesitaba subir y bajar con seguridad— cambió todo.
Desde ese primer montaje, nunca más hubo una muerte sobre un andamio Armatec en telecomunicaciones chilenas. No en uno. No en cien. En ninguno de los 12.000 montajes que hemos hecho en 17 años.
Eso no fue suerte. Fue que la solución correcta, cuando está bien diseñada, simplemente funciona.
Con el tiempo entendimos lo que habíamos logrado. Habíamos erradicado un tipo específico de muerte laboral en una industria completa. Y cuando te das cuenta de eso, ya no puedes trabajar de otra forma. Lo que empezó como una solución urgente se convirtió en un método. Y ese método se convirtió en una obligación ética.
Recientemente falleció un técnico de telecomunicaciones trabajando para una de las grandes operadoras del país. No voy a dar nombres porque no se trata de señalar culpables, sino de entender por qué sigue pasando. Ese técnico cayó desde una torre. No desde un andamio. Desde la torre misma.
Y ahí está la diferencia.
Las torres son estructuras permanentes que tienen que ser intervenidas con protocolos de seguridad rigurosos. Arneses, líneas de vida, anclajes certificados. Todo eso es obligatorio y todos lo sabemos. Pero cuando hay presión por terminar rápido, cuando el cronograma aprieta, cuando el cliente exige que la antena esté operativa ayer, esos protocolos empiezan a ser vistos como obstáculos en lugar de garantías de vida.
Los andamios multidireccionales, cuando están bien montados, son una plataforma de trabajo estable, certificada, con barandas perimetrales, accesos controlados y estructura verificada. No eliminas el riesgo de altura. Pero reduces brutalmente las probabilidades de que alguien caiga. Porque un andamio bien instalado es un piso provisorio tan seguro como el suelo firme.
Por eso digo algo que puede sonar duro pero que refleja nuestra filosofía de trabajo: te puedes caer de una torre, pero nunca de un andamio Armatec. Porque cuando nosotros instalamos una estructura en altura, cada tornillo está certificado, cada módulo está inspeccionado, cada protocolo de montaje se cumple sin excepciones. Y eso no es marketing. Es el motivo por el cual llevamos 17 años sin un accidente fatal.
Hemos visto las consecuencias cuando se prioriza la velocidad sobre la vida. Por eso no transamos en método. Por eso no aceptamos atajos. Por eso cada vez que me subo personalmente a una torre para supervisar un montaje, lo hago con la certeza de que si yo no confiaría mi vida a esa estructura, no voy a pedirle a mi equipo que lo haga.
Y ese estándar no debería ser nuestra ventaja competitiva. Debería ser el mínimo aceptable de la industria.
Por qué empiezo a escribir este Newsletter después de tantos años trabajando en silencio
Durante nuestra vida como empresa hemos levantado infraestructura para Claro, Entel, Movistar, ZTE, WOM, Metro de Santiago. Trabajamos con equipos de Huawei, Ericsson, Nokia en proyectos que iban desde despliegues rurales hasta eventos masivos donde la conectividad no puede fallar ni un segundo.
Y también hemos estado en Lollapalooza montando estructuras temporales para que 100.000 personas pudieran subir historias de Instagram al mismo tiempo. En la Pampilla de Coquimbo, donde la conectividad tiene que aguantar el evento más grande del país. En Creamfields y otros festivales donde si la red cae, el caos es inmediato y no solo significa que no puedes enviar una selfie sino que un cliente puede cambiar de compañía con la desilusión de no haber disfrutado o compartido un momento especial de su vida.
También hemos resuelto problemas logísticos que parecían imposibles. Montajes en pleno invierno en el sur de Chile, estructuras en cerros inaccesibles del norte, despliegues urgentes que teníamos que resolver en 48 horas porque la red no podía esperar.
Y nunca sentí la necesidad de contarlo públicamente porque el trabajo hablaba por sí solo. Los clientes volvían. Los proyectos se completaban. Los equipos operaban sin problemas. ¿Para qué hacer ruido?
Pero hace unas semanas, cuando Telefónica anunció su salida de Chile, me di cuenta de algo que me incomodó bastante. Nadie estaba hablando de la infraestructura que queda atrás. Todos los análisis se enfocaban en la fusión con Claro, en las cuotas de mercado, en las estrategias financieras de los grupos económicos involucrados. Todo válido, todo importante desde el punto de vista comercial.
Pero nadie preguntó quién va a auditar esas más de mil torres antes del traspaso. Cómo se garantiza que cumplan con los estándares técnicos del nuevo operador. Qué pasa si hay que desmontar y remontar estructuras completas porque los protocolos de seguridad de un operador no coinciden con los del otro. Qué pasa con los contratos de los proveedores actuales. Qué pasa con los equipos que conocen esas torres porque las montaron hace años.
Y ahí entendí algo. Llevamos casi dos décadas siendo parte esencial de esta industria sin participar de la conversación pública sobre hacia dónde va. Y eso tiene que cambiar.
Por eso arrancamos el blog de Armatec con un artículo sobre la salida de Movistar. No fue casual. Fue una declaración de principios. Vamos a hablar de lo que otros no están hablando. De las preguntas técnicas que solo quienes trabajan en terreno pueden hacer. De los riesgos que se acumulan cuando priorizamos velocidad comercial por sobre rigurosidad operacional.
Y este boletín nace con exactamente el mismo espíritu.

Qué va a pasar acá cada jueves
Cada jueves voy a enviarte un Boletín en el que vamos a conversar sobre infraestructura crítica desde la experiencia que nos da el llevar ya casi 17 años construyéndola. Voy a analizar lo que está pasando en el sector telco chileno. Despliegues 5G, cambios regulatorios, movimientos de los operadores que están redefiniendo el mercado. Voy a comentar desarrollos tecnológicos de proveedores como Huawei, Ericsson, Nokia cuando tengan impacto en cómo se monta físicamente la red.
Pero sobre todo quiero que esto sea una conversación, no un monólogo.
Si trabajas en telcos, en ingeniería de proyectos, en operaciones de red, en gestión de infraestructura, tu opinión me importa. Si tienes una pregunta técnica sobre montajes, seguridad en altura, certificaciones, logística de despliegue, pregunta en los comentarios. Si crees que estoy equivocado en algo o que me estoy perdiendo un ángulo importante, dímelo. Este espacio se construye conversando.
Porque la infraestructura no es invisible. Solo la damos por sentada hasta que falla. Y mi trabajo es recordar que detrás de cada antena que conecta a 30 millones de celulares hay decisiones técnicas que importan. Hay equipos humanos que se suben a 40 metros de altura con viento en contra. Hay protocolos que se siguen o que se saltan. Hay estándares que se cumplen o que se ignoran.
Y todas esas decisiones tienen consecuencias.
Una pregunta para cerrar (y para que me respondas)
Vuelvo al dato del principio. 29,8 millones de conexiones móviles sostenidas por más de 20.000 antenas distribuidas por todo Chile.
¿Cuántas de esas estructuras pasarían hoy una auditoría técnica rigurosa? ¿Cuántas están operando bajo estándares actualizados? ¿Cuántas fueron revisadas en los últimos tres años? ¿Cuántos de esos sistemas de backup que fallaron durante el apagón de febrero están realmente bien instalados?
No lo sé. Pero creo que deberíamos saberlo.
Y acá va la pregunta para ti, para que me la respondas en los comentarios. Si trabajas en el sector, ¿qué te preocupa más de la infraestructura telco en Chile hoy? ¿Qué riesgos ves que nadie está nombrando? ¿Qué preguntas deberíamos estar haciéndonos como industria?
Déjamelo en los comentarios. Quiero saber qué están viendo desde sus trincheras.
Nos vemos el próximo miércoles.
Ricardo Allel Gerente General, Armatec
