La tragedia de Hong Kong, el bambú y la pregunta que la industria debe responder

Hay tragedias que te obligan a detenerte. El incendio de Wang Fuk Court en Hong en es una de ellas. Decenas de muertos. Cientos sin contactar. Siete torres de 31 pisos envueltas en llamas que saltaron de edificio en edificio a través de andamios de bambú. Un bombero muerto intentando salvar vidas. Familias que vieron arder todo lo que tenían mientras el fuego trepaba por las fachadas como si los edificios estuvieran cubiertos de fósforos.

No escribo esto desde la comodidad del juicio a distancia. Lo escribo desde la incomodidad de saber que en cualquier lugar del mundo donde se trabaje en altura, la diferencia entre la normalidad y la catástrofe puede ser tan delgada como la elección de un material inadecuado o la omisión de un protocolo de seguridad.

Y hay algo en esta tragedia que me ha estado dando vueltas desde que vi las primeras imágenes: ¿Por qué Hong Kong sigue usando bambú?

No es una pregunta capciosa. Es una pregunta real que merece una respuesta real. Y es una pregunta que me hice por primera vez hace años, cuando visité China y tuve la oportunidad de recorrer algunas de las mayores fábricas de andamios del mundo.

Lo que vi ahí me dejó desconcertado.

Esas fábricas producen andamios metálicos certificados de última generación. Sistemas modulares con conexiones específicas para cada mercado: un modelo para Sudamérica, otro para Canadá, otro para Europa. Todo en acero, todo certificado, todo diseñado para cumplir las normativas más exigentes del mundo. Y esos andamios viajan desde China hacia Chile, hacia Europa, hacia América del Norte.

Pero cuando salías de la fábrica y mirabas alrededor, los edificios en construcción estaban cubiertos de bambú.

La contradicción era brutal, exportan la tecnología más segura del mundo, pero en casa siguen usando la más riesgosa.

Y no fue solo en China. En sucesivos viajes a Asia me tocó ver lo mismo en lugares como Malasia, Tailandia e Indonesia. Torres modernas, ciudades en pleno desarrollo, y todas envueltas en estructuras de bambú. Me parecía extraño entonces. Ahora, después de investigar, entiendo mejor por qué. Pero eso no hace que sea menos inaceptable.

El bambú no es obsoleto por accidente. Tiene ventajas operacionales reales: es seis veces más rápido de montar que el acero, doce veces más rápido de desmantelar, más liviano, más flexible frente a tifones, infinitamente más económico. En espacios urbanos densos como Hong Kong, donde cada hora cuenta y cada metro cuadrado importa, esas ventajas no son triviales. Son la diferencia entre poder trabajar o no poder trabajar.

Pero el bambú también es altamente combustible. Y en un contexto de alta densidad, con torres pegadas unas a otras, con miles de personas viviendo en departamentos mientras se hacen renovaciones externas, esa combustibilidad no es un detalle técnico. Es una sentencia de muerte en espera.

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Wang Fuk Court / Hong Kong

Y ahí está la contradicción que hay que señalar y que tiene que ver con que los mismos países que fabrican la tecnología más segura del mundo siguen usando la más riesgosa en casa.

No es ignorancia. No es falta de recursos. Hong Kong tiene los medios para cambiar a metal mañana mismo. De hecho, en marzo de este año el gobierno anunció que al menos 50% de las nuevas obras públicas deben usar andamios metálicos. Pero esa política no era retroactiva. Y Wang Fuk Court —un complejo de vivienda social construido en 1983, hogar de 4,600 personas, muchas de ellas mayores de 65 años— seguía cubierto de bambú cuando se incendió.

Entonces, ¿qué está pasando realmente?

Creo que estamos ante un problema de sistemas, no de materiales. El bambú funciona en Hong Kong porque hay una cadena de suministro centenaria, mano de obra especializada, regulaciones específicas y una cultura constructiva que lo entiende. Cambiar a metal no es solo cambiar un material. Es reconfigurar toda una industria. Y mientras eso pasa, miles de edificios siguen cubiertos de estructuras combustibles porque «siempre se ha hecho así».

Y eso es inaceptable.

Porque cuando priorizamos la conveniencia operacional por sobre la seguridad, cuando normalizamos riesgos porque «hasta ahora no ha pasado nada», cuando posponemos decisiones difíciles porque requieren inversión y cambio cultural, no estamos gestionando riesgo. Estamos esperando la próxima tragedia.

Cuando introdujimos andamios multidireccionales certificados en la industria de las telecomunicaciones en Chile hace casi 17 años, tomamos una decisión que parecía más cara y más compleja en ese momento. Pero desde entonces, nunca se volvió a registrar un accidente fatal en telecomunicaciones trabajando sobre nuestros andamios. No porque tengamos suerte. Porque operamos bajo una premisa no negociable: nadie tiene que morir para que un proyecto se complete.

Hong Kong nos recuerda que en esta industria no hay lugar para la ambigüedad. O creemos en la seguridad que predicamos, o estamos mintiendo. Y cuando mentimos en seguridad, la cuenta se paga con vidas.

A las víctimas de Wang Fuk Court, a sus familias, al bombero que murió intentando salvarlos: mi respeto y mi dolor. Que esta tragedia nos obligue a todos —en Hong Kong, en Chile, en cada lugar donde se trabaje en altura— a preguntarnos si estamos haciendo lo suficiente.

Porque Hong Kong acaba de pagar el precio de postergar esa pregunta. Y ninguna ciudad, ninguna empresa, debería esperar a que la tragedia responda por ellos.

Ricardo Allel

CEO and Founder en ARMATEC

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