De la Patagonia al altiplano, así cambia el montaje de un andamio en Chile

De la Patagonia al altiplano, así cambia el montaje de un andamio en Chile

Chile tiene una particularidad que casi nunca se piensa en términos de ingeniería, y es su forma. Un país de más de cuatro mil kilómetros de largo y apenas unos cientos de ancho atraviesa casi todos los climas que existen, desde el desierto más árido del planeta hasta algunos de los vientos más fuertes del hemisferio sur. Para una empresa que monta estructuras de acceso en altura en todo el territorio, eso no es un dato curioso de geografía escolar, es la base sobre la que se diseña cada proyecto.

Un andamio multidireccional que funciona perfecto en Santiago no necesariamente funciona igual en Punta Arenas, en el altiplano de la región de Antofagasta o frente al mar en una caleta del norte. La estructura es la misma, el sistema es el mismo, pero las decisiones que se toman antes de instalarlo cambian completamente según el territorio en el que se va a levantar.

Magallanes, donde el viento decide cuándo se trabaja

En la región de Magallanes el viento no es un fenómeno ocasional, es una condición permanente con la que hay que aprender a convivir. En Punta Arenas, rachas que superan los cien kilómetros por hora son parte habitual del paisaje durante buena parte del año, y existen registros históricos de vientos que alcanzaron los ciento cuarenta y seis kilómetros por hora en la zona del aeropuerto, la racha más fuerte medida en casi tres décadas según los registros locales. Cualquier estructura que se instale ahí tiene que diseñarse pensando en esos números, no en un promedio cómodo de catálogo.

Esto cambia varias decisiones del montaje. El nivel de arriostramiento aumenta, los anclajes se multiplican y, muchas veces, el cronograma de trabajo no lo define el equipo sino el clima. Hay jornadas en las que simplemente no se puede subir, porque el riesgo no está en la estructura sino en las personas, y ninguna torre de telecomunicaciones justifica exponer a alguien a esas condiciones.

A esto se suma la logística. Muchos sitios en la Patagonia están a horas de distancia del pueblo más cercano, con caminos que pueden cerrarse por nieve o por el mismo viento de un día para otro. Planificar un montaje ahí significa calcular no solo cuánto tiempo toma instalar, sino cuánto tiempo toma simplemente llegar, y dejar un margen real para los días en que el clima no permite avanzar nada.

El altiplano, donde el sol y el frío trabajan en equipo

Si en el sur el problema es el viento, en el altiplano del norte de Chile el desafío es otro completamente distinto, aunque igual de exigente. Mediciones realizadas en la meseta de Chajnantor, en la región de Antofagasta, registraron niveles de radiación solar entre los más altos jamás documentados en la superficie terrestre, con índices ultravioleta que en ciertos estudios han llegado a veinte en una escala donde once ya se considera extremo. Eso no es solo un dato para cuidarse la piel, es un factor que afecta directamente a los materiales con los que se trabaja.

La radiación ultravioleta constante degrada con el tiempo ciertos componentes plásticos, recubrimientos y elementos no metálicos de cualquier estructura expuesta, lo que obliga a pensar en frecuencias de inspección y reemplazo distintas a las de una zona con menor exposición solar. A esto se suma la amplitud térmica, que en sectores del interior del desierto puede superar los quince grados de diferencia entre el día y la noche, muy por encima de los menos de ocho grados que suelen registrarse en zonas costeras. Ese cambio constante de temperatura genera dilataciones y contracciones en los materiales que, acumuladas durante meses, también forman parte del cálculo de mantenimiento de cualquier estructura instalada ahí.

Para las personas, trabajar sobre los cuatro mil metros de altura agrega otra capa de planificación. El rendimiento físico cambia, los tiempos de aclimatación son reales y no opcionales, y la exposición solar sin protección adecuada puede provocar quemaduras severas en cuestión de minutos. Todo esto se traduce en jornadas más cortas, rotación de personal más frecuente y protocolos de hidratación y protección que simplemente no tienen el mismo peso en un montaje a nivel del mar.

La costa expuesta, donde el mar corroe en silencio

El tercer territorio que cambia las reglas es la costa expuesta, especialmente en sectores donde la estructura queda a corta distancia del mar y recibe salitre de forma constante. Acá el riesgo no es inmediato como el viento patagónico ni tan visible como la radiación del altiplano, es un proceso lento que empieza a actuar sobre el material desde el primer día y que solo se nota cuando ya lleva tiempo avanzando.

El acero galvanizado que se usa en los andamios multidireccionales está pensado para resistir condiciones exigentes, pero la exposición prolongada a ambientes salinos acelera la aparición de corrosión en los puntos donde el recubrimiento se ve mínimamente afectado, como soldaduras, roscas o zonas de contacto entre piezas. Por eso, en proyectos ubicados frente al mar, la frecuencia de inspección de la estructura aumenta, y se presta especial atención a los elementos de conexión, que suelen ser los primeros en mostrar signos de desgaste antes que cualquier otra parte de la estructura.

Por qué el sistema multidireccional responde mejor en estos escenarios

Cada uno de estos territorios pone a prueba algo distinto. El viento extremo en el sur, la radiación y la amplitud térmica en el norte, la corrosión marina en la costa. Pero hay un elemento común que explica por qué el sistema multidireccional sigue siendo la mejor opción frente a un andamio tubular tradicional con acoples, y es su capacidad de adaptarse a terrenos irregulares, de reforzarse en puntos específicos sin tener que rediseñar toda la estructura, y de ajustarse a geometrías que un sistema más rígido simplemente no puede seguir.

En un cerro de la Patagonia, en una ladera del altiplano o sobre una plataforma rocosa junto al mar, casi nunca el terreno es plano y predecible. La posibilidad de añadir nodos de anclaje donde se necesiten, de variar la altura de cada apoyo de forma independiente y de reforzar puntualmente las zonas más expuestas al viento o a la corrosión, es lo que permite que la misma familia de estructuras funcione, con los ajustes correctos, en condiciones tan distintas entre sí.

Operar en todo Chile no es un eslogan

Cuando una empresa dice que tiene cobertura nacional, lo que realmente está diciendo es que tiene la capacidad de tomar decisiones distintas para cada territorio, y de contar con bodegas y equipos posicionados estratégicamente para responder sin que la distancia se convierta en un problema. Diecisiete años operando de norte a sur de Chile, sumando miles de montajes sin accidentes fatales en condiciones tan distintas entre sí, es la consecuencia directa de entender que cada territorio impone sus propias reglas, y de diseñar cada proyecto respetándolas desde el primer día, no improvisando una vez en terreno.

Para entender cómo se prepara cada uno de estos montajes antes de llegar al sitio, vale la pena revisar también qué revisa un jefe de terreno antes de instalar un andamio en una torre de telecomunicaciones, y para conocer el vocabulario técnico que aparece en cada una de estas evaluaciones, está disponible el glosario de seguridad en altura.

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