columna de ricardo allel infraestructura crítica inteligente

La noche en que pensé que habíamos fallado

El miércoles recibí una llamada que para cualquiera habría sido una coordinación operativa más. Para mí no lo fue. Uno de nuestros equipos hacía desmontajes preventivos en una de las regiones antes de que llegara el sistema frontal, y me avisaron que no podían intervenir una estructura porque el viento ya soplaba demasiado fuerte. El motivo era razonable, cualquier protocolo de seguridad parte de esa premisa, y está bien que así sea. Aun así, esa llamada terminó siendo una de las decisiones más importantes que hemos tomado en Armatec en los últimos años, y para entender por qué insistí en desmontar esa estructura en la región de Coquimbo hay que retroceder dos años. Porque las decisiones importantes casi nunca nacen el mismo día en que se toman.

La noche del 1 de agosto de 2024 cambió mi manera de entender la ingeniería, y no fue solo la fecha lo que se me quedó grabada, fue la sensación. Había sido un día cualquiera hasta esa tarde. Santiago empezó a cambiar de ánimo, el viento subió con una intensidad poco habitual y con las horas llegaron los primeros cortes de energía. A la distancia se veían los transformadores cediendo uno tras otro, como si la ciudad se fuera apagando por sectores. Todavía no sabía que esa noche las ráfagas iban a superar los 120 kilómetros por hora, uno de los eventos de viento más extraordinarios que se recuerdan en la Región Metropolitana.

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2 de agosto de 2024. Monoposte colapsa sobre cuartel de Bomberos en Peñalolén. Fuente: 24 Horas.

Entonces sonó el teléfono. Un monoposte de telefonía móvil acababa de colapsar, y yo conocía ese sitio de memoria, sabía que teníamos un andamio de Armatec montado alrededor de esa estructura. En ese momento no hubo espacio para el contrato, para el cliente, ni para lo que se diría al día siguiente. Solo había una pregunta, y no era retórica. ¿Había alguien herido? Llevábamos quince años trabajando para las principales redes de telecomunicaciones del país, habíamos cruzado terremotos, incendios, nevazones y temporales, y sabíamos que trabajar sobre infraestructura crítica es convivir con el riesgo todos los días. Pero nunca había recibido una llamada así, y la culpa me llegó antes que la información, antes de saber siquiera qué había pasado.

Esa noche no pude llegar al sitio, los caminos ya estaban cortados. ¿Qué se hace cuando no se puede llegar a donde algo se acaba de romper? Se mira. Vi los primeros videos una y otra vez, hasta que apareció el detalle que lo cambió todo. La estructura que perdía capacidad resistente primero no era el andamio, era el monoposte. Nuestro sistema incluso alcanzó a acompañar parte del colapso antes de ser sobrepasado por algo que ya venía cediendo desde antes. Respiré, pero no me conformé, porque aunque el origen del problema no estuviera en nuestro montaje, la obligación seguía siendo la misma de siempre, aprender. Pedí una investigación técnica completa, no para demostrar que teníamos razón, sino porque entendí que una organización tiene que aprender de un problema incluso cuando no lo provocó.

El informe nos tranquilizó en un punto y nos inquietó en otro, más importante. Durante años habíamos diseñado buena parte de nuestros protocolos asumiendo que los escenarios extremos de viento, nieve o lluvia eran, sobre todo, un problema del sur de Chile. Esa noche entendimos que esa frontera ya no existía, el clima había cambiado y nosotros teníamos que cambiar con él. Revisamos reforzamientos, protocolos, criterios de intervención, todo.

Vale la pena explicar por qué el andamio resistió. El sistema multidireccional que usamos no es una estructura rígida, es un conjunto de cientos de piezas articuladas, unidas entre sí de forma que pueden ajustarse levemente unas respecto de otras en vez de comportarse como un bloque único, y eso permite que la carga se reparta entre muchos puntos en lugar de concentrarse en uno solo. Hay un segundo principio, todavía menos conocido, en telecomunicaciones el andamio no se afianza de manera rígida al monoposte, se posiciona respecto de él, sin quedar solidario a su movimiento.

Puede sonar a detalle de manual, pero es la razón técnica por la que esa noche el andamio pudo acompañar el colapso del monoposte en vez de caer con él, y por la que, durante el terremoto del 27 de febrero de 2010, las cinco estructuras que teníamos montadas entre Constitución, Talcahuano y Dichato siguieron en pie bajo un sismo de magnitud 8,8. No es solamente resistencia de materiales. Es que ambas estructuras están diseñadas para responder distinto frente a una misma fuerza.

Aprendimos, además, que Chile no es un territorio, son muchos, y que la infraestructura crítica no termina donde termina el acero, sino que empieza donde la gente depende de ella. Cuando una comunidad se queda sin conectividad no solo se apaga una antena, puede quedar aislada una familia, puede cortarse la coordinación de una ambulancia. Con esa investigación cambió también la pregunta que nos hacíamos antes de cada sistema frontal. Dejó de ser «qué hacemos cuando ocurra la emergencia», y pasó a ser «qué podemos hacer hoy para que esa emergencia nunca llegue a ocurrir».

Por eso, cuando hace unos días empezaron las alertas por este nuevo sistema frontal, no esperamos a que sonara el teléfono. Activamos el protocolo que construimos en estos dos años, revisamos cada estructura montada, coordinamos con los clientes, programamos desmontajes preventivos, reforzamos lo que había que reforzar y desplegamos equipos antes de que llegara el mal tiempo.

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Fue en ese contexto que llegó la llamada desde Coquimbo. El viento ya estaba subiendo, y desde el sitio consideraban que las condiciones no eran las adecuadas para intervenir. El protocolo más simple era esperar, dejar constancia de que no se había podido trabajar, y nadie habría cuestionado esa decisión. Pero ahí pasó algo que ningún procedimiento escribe y que ninguna inteligencia artificial calcula. Me dio en la guata. ¿Cómo se explica eso a alguien que no lo ha vivido? No se explica. Se reconoce, cuando ya pasó por encima una vez. No porque el protocolo estuviera mal (ya estaba activado) sino porque había una experiencia que seguía viva en mí.

La llamada de agosto de 2024 todavía estaba ahí, y ya no quería esconderme detrás de un correo diciendo que no nos habían dejado desmontar. Insistí en que se hablara de nuevo con el cliente, en que se revisaran las condiciones otra vez, en que el equipo de prevención evaluara cada alternativa posible, y en que, si técnicamente era seguro, desmontáramos la estructura. No porque supiera que algo iba a pasar, nadie podía saberlo, sino porque había aprendido que la responsabilidad no termina cuando uno manda un correo. Termina cuando uno está convencido de haber hecho todo lo posible para evitar una tragedia.

Al día siguiente las noticias mostraban una grúa que había colapsado sobre viviendas en la región de Coquimbo, por el mismo sistema frontal. No era nuestra obra, no tenía relación con Armatec, pero mientras la mayoría veía una noticia más, yo confirmé algo mucho más íntimo, que insistir había sido lo correcto. No porque pueda demostrar que evitamos un accidente, eso sería irresponsable de afirmar, sino porque entendí que ya no estaba dispuesto a que una decisión importante terminara solo porque alguien escribió que no se pudo. Hace algunas semanas escribí que el accidente más difícil de medir es el que nunca ocurre. Hoy creo algo todavía más profundo, muchas veces ni siquiera sabemos quién tomó la decisión que hizo posible que ese accidente no existiera, y probablemente nadie se lo va a agradecer, porque cuando no pasa nada es muy fácil creer que nunca hubo peligro.

16 de julio de 2026. Grúa pluma colapsa sobre viviendas en Coquimbo. Fuente: La Tercera.

¿Por qué cuento esta historia? Porque creo que lo que estamos viviendo va más allá de un temporal. Durante décadas diseñamos infraestructura asumiendo que el pasado era un buen predictor del futuro, y hoy sabemos que ya no alcanza, el clima cambió y los eventos extremos se repiten con una frecuencia que antes parecía excepcional. Muchas veces pensamos que la infraestructura crítica son solo torres, carreteras, puentes u hospitales. Yo ya no lo veo así. Empieza mucho antes, empieza cuando una organización es capaz de aprender, cuando convierte un error o un susto en una mejor decisión para la próxima vez. La diferencia entre una organización madura y una inteligente no está en que nunca se equivoque, está en que nunca desperdicia una lección. Eso, para mí, es infraestructura crítica inteligente. No un producto, no una tecnología, no un software. Una forma de pensar.

La inteligencia artificial va a transformar cómo diseñamos y protegemos infraestructura crítica, y en Armatec trabajamos en esa dirección. ¿Puede reemplazar la experiencia humana? No. Puede analizar información y advertir riesgos, pero no puede cargar con el peso de una llamada recibida dos años antes, ni sentir que una decisión propia afecta la vida de otras personas. Lo que sentí con Coquimbo no nació de un algoritmo, nació de haber vivido una noche que no quería repetir.

Mientras escribo esto el invierno sigue su curso, Chile sigue viviendo una de las emergencias por sistemas frontales más intensos que se recuerden, y según señala el último reporte que tengo frente a mí, las estructuras que intervenimos preventivamente no han presentado incidentes asociados a este sistema frontal.

Eso no significa que el temporal haya terminado para nosotros, ni que no vengan otros en el futuro, y mucho menos que podamos bajar la guardia. Significa algo más simple, y es que hasta ahora las lecciones aprendidas funcionaron, y que mañana vamos a tener que seguir aprendiendo otra vez. Después de diecisiete años sigo creyendo en la ingeniería, pero hoy creo todavía más en las organizaciones capaces de aprender. Porque las estructuras se calculan, los protocolos se actualizan y la tecnología sigue evolucionando, pero ninguna de esas herramientas sirve si una organización deja de aprender. Quizás esa sea la infraestructura que de verdad hay que proteger, no solo la que sostiene antenas, sino la que sostiene nuestras decisiones.

Porque estoy convencido en que la infraestructura crítica inteligente no se construye cuando llega la emergencia. Se construye cuando una organización aprende antes de que ocurra la siguiente.

Ricardo Allel
CEO Armatec

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