Hay recuerdos que no se van, y casi nunca son los espectaculares. Son los que cambiaron para siempre la manera de entender el propio trabajo. El mío ocurrió la madrugada del 27 de febrero de 2010. No recuerdo la hora exacta, pero sí recuerdo que no sabía dónde estaban mis tíos.
Con ellos habíamos iniciado la aventura de construir ARMATEC y esa semana estaban trabajando en la Región del Biobío. Sabía que habían estado en Concepción, pero después del terremoto dejaron de responder. No había mensajes ni llamadas ni manera de saber si seguían allá o si habían alcanzado a llegar a Talcahuano. Solo silencio.
Fui hasta una subcomisaría en Santiago con la esperanza de que Carabineros pudiera ayudarme a encontrarlos. Pensé que ellos tendrían alguna forma de comunicarse con la Octava Región. «Tampoco hemos logrado comunicarnos desde ayer, y desde allá no nos llega información», me contestó el funcionario. Lo dijo sin ningún grado de dramatismo, como si fuera un dato más. Mientras hablábamos había mucha gente esperando exactamente lo mismo que yo, noticias de un hijo, de una madre, de un hermano, de un compañero de trabajo.
Salí de ahí con una idea que no me abandonó nunca, y es que perder las telecomunicaciones es mucho más que quedarse sin teléfono. Es quedarse sin tener certezas, y pocas angustias son tan grandes como la de no poder saber lo que ocurre en un momento importante de crisis.
Cuando finalmente logramos llegar al sur, lo que encontramos no se parecía a nada que hubiera imaginado. Estructuras dañadas, equipos destruidos, comunidades completas incomunicadas y, por encima de todo, gente esperando volver a hablar con alguien.
Ahí empezó el trabajo que marcó mi vida profesional. Había que volver a levantar los sitios, y así lo decíamos nosotros por radio. Sitio levantado. Dos palabras que podían tener detrás treinta horas seguidas de trabajo bajo la lluvia, barro, frío, andamios, ingenieros y montajistas resolviendo sobre la marcha lo que ningún manual había previsto.
Nunca hubo tiempo para celebrar. Cada vez que la frase entraba por la radio sentíamos alivio, no porque el trabajo hubiera terminado sino porque significaba que una comunidad volvía a comunicarse y que había que salir de inmediato a levantar el siguiente. Con los años comprendí que la frase nunca habló de infraestructura sino que siempre habló de personas.
Durante mucho tiempo pensé que la gran lección del terremoto había sido aprender a reconstruir más rápido. Me equivoqué, y tardé años en verlo. La lección era aprender antes de la emergencia siguiente.
El país fue haciendo eso de a poco y casi sin anunciarlo. Ese mismo 2010 se promulgó una ley, la 20.478, que por primera vez puso por escrito la obligación de recuperar y sostener el sistema público de telecomunicaciones en condiciones críticas. Dos años más tarde un reglamento fijó en cuatro horas la autonomía energética mínima de la infraestructura crítica, y en 2020 se aprobó el roaming automático nacional, que permite que un teléfono se enganche a la red de otra compañía cuando la propia dejó de funcionar. En enero de este año entró en vigencia un reglamento nuevo que subió ese respaldo a seis horas para las antenas y a cuarenta y ocho para los nodos más críticos, creó una categoría aparte para las redes que usan los organismos de emergencia y reconoció por primera vez que un ciberataque también es una emergencia.
Escrito así parece una fila de trámites. Visto desde el terreno es otra cosa. Cada una de esas líneas nació de una noche mala.
Pensé que ya había entendido la dimensión de ese aprendizaje hasta que llegó el temporal de 2024. Esa noche vi caer una antena por efecto del viento. En diecisiete años no había visto algo parecido. Pero lo que me cambió no fue la antena.
Fue mirar por la ventana y ver cómo distintos sectores de Santiago se iban apagando. Un destello, después otro, transformador tras transformador, barrios completos quedando a oscuras. Y junto con la electricidad desaparecía también la posibilidad de comunicarse.
Fue entonces cuando dejé de pensar solamente en infraestructura. ¿Qué pasaba con quien dependía de un concentrador de oxígeno para respirar? En algún refrigerador que ya había dejado de enfriar se estaba echando a perder la insulina de alguien. ¿Y qué hacía un adulto mayor que vivía solo en un piso veinte, sin ascensor, sin electricidad y sin señal para pedir ayuda?
Esa noche vi con una claridad que antes no tenía que las telecomunicaciones no están solamente para comunicar personas. Están para proteger vidas. Y esa diferencia cambia por completo la forma de mirar nuestro trabajo.
Nueve meses más tarde, el 25 de febrero de 2025, el país entero se quedó sin luz en cuestión de segundos. Cerca de las once de la noche casi una cuarta parte de la infraestructura de telecomunicaciones había dejado de operar. A la mañana siguiente estaba de vuelta casi toda, y esa velocidad tranquilizó a mucha gente. A mí me dejó pensando en las horas del medio.
Hace algunos días, mirando las consecuencias del temporal que afectó a buena parte del país, tuve una sensación distinta. Ya no estaba viendo solamente una emergencia. Estaba viendo dieciséis años de aprendizaje acumulado.
En el peor momento hubo 284 estaciones base fuera de servicio, y aun así la red, tomada en su conjunto, nunca bajó del noventa por ciento operativa. Se activó el roaming de emergencia en las comunas más golpeadas, aparecieron carros móviles donde la red terrestre ya no daba, hubo mensajería satelital habilitada desde Atacama hasta Los Lagos para quienes quedaron fuera de toda cobertura y hubo cuadrillas trabajando en condiciones que ningún protocolo alcanza a describir del todo.
Y hubo algo más, que no puedo dejar afuera. Dos trabajadores murieron durante esos días haciendo justamente eso. Uno en Negrete, despejando un camino, cuando le cayó un árbol encima. El otro en Curepto, arrastrado por un estero que se salió del cauce mientras iba a reponer el suministro eléctrico. Ninguno de los dos era de telecomunicaciones, pero cualquiera que haya trabajado en una emergencia sabe que a esa hora y con ese clima la diferencia entre una cuadrilla y otra es casi ninguna.
Aun así, por primera vez sentí que Chile estaba haciendo algo distinto. Ya no estaba levantando solamente sitios. Estaba levantando un sistema.

Todavía quedan enormes desafíos. Vendrán nuevos temporales, nuevos terremotos, nuevos incendios, nuevos ciberataques y eventos que todavía no sabemos nombrar. Pero por primera vez creo que la conversación ya no puede centrarse únicamente en reconstruir lo que se cayó. Tenemos que aprender a anticiparnos a lo que viene. Porque la verdadera resiliencia no consiste en recuperarse más rápido. Consiste en sufrir menos la próxima vez.
Después de diecisiete años recorriendo esta industria, viendo terremotos, temporales, incendios, apagones y miles de personas haciendo posible que un país vuelva a comunicarse, siento que estamos entrando en una nueva etapa. Una etapa donde la experiencia vale tanto como la tecnología, donde los datos importan tanto como el criterio, donde la coordinación pesa tanto como la infraestructura y donde el sector público y el privado dejan de trabajar uno al lado del otro para empezar a responder como un solo sistema.
Todavía no sé si existe una definición oficial para esa evolución. Yo llevo algún tiempo buscándola. Hoy creo haber encontrado una. Infraestructura Crítica Inteligente. No porque incorpore más tecnología, sino porque integra personas, experiencia, instituciones, datos y tecnología para tomar mejores decisiones antes, durante y después de una emergencia.
Quizás esta sea la primera vez que escribo sobre este concepto. Estoy seguro de que no será la última. Porque si algo aprendí desde aquella madrugada del 27 de febrero de 2010 es que las grandes transformaciones no comienzan cuando aparece una nueva tecnología. Comienzan cuando cambiamos la forma en que entendemos aquello que creíamos conocer.
Y sospecho que la próxima gran transformación de Chile no dependerá solamente de construir más infraestructura. Dependerá de hacerla más humana, más coordinada y, sobre todo, más inteligente.
*Artículo publicado originalmente en el Newsletter Boletín Armatec
